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19 may 2012

Planeta Roca XII

Elías me zarandea. Mi cara de gilipollas, boqueando como un pez con los ojos cerrados, debe de ser antológica. Cuando reacciono, los roquianos ya han recogido su Megathlon y me observan con apremio. Trato de orientarme; la luz de la mañana entra por la ventana. Miro a Elisa por un instante. "Espabila", me dice.

Elías nos lee el mensaje de su enlace. "Traidores de Elíseo intentan tomar el control de la nave. Nuestra última comunicación ha sido interceptada y mercenarios terráqueos os han localizado. Centenares de primos ya han sido eliminados. Esperamos sofocar la revuelta y recogeros el día D. A partir de ahora, y hasta entonces, estáis solos. Lava en el pecho".

El mensaje cae en el ánimo de Elisa como una losa. Todo por lo que han vivido está a punto de desmoronarse. Elías parece encajar la noticia con más sobriedad, aunque sus ojos caídos no pueden esconder la decepción y la tristeza. Y yo, aunque tan solo lleve unas cuantas horas con ellos, siento una mezcla de miedo y de rabia que me descoloca. "Hijos de puta. Lo de la casa de Obejo ahora cobra sentido", grita Elisa. "Mario, tienes que irte antes de que lleguen."

Y mientras pienso en que me encanta cómo pronuncia mi nombre, llaman a la puerta. Tam, tam. Dos golpes secos, y después, silencio. Elías nos arroja los inhibidores y prepara el ultrasonido. El corazón se me va a salir del pecho. Se acerca sigiloso a la puerta y pregunta. "¿Quién es?". La voz fangosa del dueño de la pensión retumba al otro lado. "¿Se van a quedar un día más o abandonarán la pensión mañana?".

Elías abre la puerta y suenan dos disparos. El inerte cuerpo del gordo cae encima suyo, arrojándolo hacia el suelo. Aún así, es capaz de activar el ultrasonido. Pero tres sombras corren hacia nuestra habitación atravesando el decadente patio. "Llevan inhibidores", dice Elisa. Me apresuro a cerrar la puerta y oigo un disparo que pasa muy cerca de mi cabeza, rompiendo el espejo donde horas antes hacía muecas imitando a Elías. Le liberamos del peso muerto y nos pegamos a la pared, mientras una lluvia de proyectiles rompe los cristales de la ventana, que caen hechos añicos sobre nuestras cabezas.

Elisa se arrastra hasta su Megathlon y saca algo parecido a una bola de billar. La lanza por la ventana y grita "lava". Se escucha una deflagración y gritos de dolor, que cesan tras unos segundos que a buen seguro quedarán grabados en mi afortunada y potencialmente atormentada cabeza.

Elías se asoma por la ventana con mucha cautela. "Parece que no hay más lonfibios en el lodo", susurra. El olor a carne quemada, dulzón e intenso, me provoca una arcada, que acaba con cualquier vestigio del bulzo ingerido durante la noche. Uno de los cuerpos parece moverse. Elisa salta sobre él y le coloca la palma de la mano en su frente, cierra los ojos y aferra con fuerza la mano de Elías, que a su vez toma la mía. Durante unos breves instantes, la intuopía invade mis sentidos. Huele a dinero manoseado, y una voz sibilante que habla de muerte y destrucción se clava en mi cabeza. Unas manos enguantadas muestran tres fotos. Elías y Elisa aparecen borrosos pero inconfundibles. Y la tercera...es mi foto de perfil del Facebook.

Continuará...

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