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17 jun 2012

XVII

La sensación del agotamiento sin premio no es nueva. El premio es el sueño, y la penitencia es el desvelo que causa la duda. Más allá de las experiencias vividas, de los cadáveres, de mi viaje sin retorno, la almohada me susurra la confesión de Elisa.

El amanecer descarga sus ruidos, la luz del nuevo día, su acusación. Los pájaros compiten con el camión de la basura, enmarcando la voz de la conciencia. "Te han utilizado. Estás renunciando a lo que podrías llegar a ser. Un ser indefinido pero con todas sus puertas abiertas. Han jugado con tu ego, con tus debilidades".

Miro a Elisa, durmiente y sincera, entrenada en la misión de hacerme suyo. Me visto, arranco las llaves de la puerta y salgo a la calle. "Piensa". El rocío saluda a las adelfas del río. En el paseo, balanceo mis pasos entre el escape y la continuidad de la aventura. Si vuelvo a mi caverna, todo esto no habrá sucedido. Si continúo, si me sumerjo, quizás completaré mi destino.

Al volver a casa, Elías escruta la pantalla del portátil. "Nada nuevo de lo de Córdoba". Marca un número con el teléfono fijo de Paloma. Quiero escuchar, exijo. Tras unos tonos, una voz femenina, inglesa y neutra, habla. Ha llamado al apartado telefónico 0545678. Tras unos segundos, la voz prosigue. Si quiere dejar un mensaje, pulse 1 y espere la señal. Si quiere escuchar los mensajes, pulse 2 y espere la señal.

Elías pulsa el 2. Elisa se despereza. Al mirarla, me debato entre el resentimiento y la devoción. Lo que escucho es incomprensible. Distintas voces, con distintos tonos e intensidades, hablan durante varios minutos en la lengua común de los roquianos. Tras una pausa, Elías pronuncia su mensaje en idénticos términos.

"Esto ha sido una carnicería. Los supervivientes se están reuniendo en el punto de recogida. Tenemos que llegar allí cuanto antes", dice Elías. Dónde está ese punto, pregunto agresivo. "En una isla del Pacífico".

El salón se va llenando de luz. Voy a la cocina, me hago un café e intento, sin éxito, dejar la mente en blanco. Los brazos de Elisa me envuelven. "Entiendo tu enfado". Sus palabras desarman mi armadura de cartón, y el café espabila mis sentidos.

"¿Cuál es la manera más segura de llegar a la isla Raiatea?", pregunta Elías. Buf, creo que lo mejor es ir paso a paso. De momento, teniendo en cuenta los contactos de Elíseo, la Guardia Civil nos tiene fichados. Lo primordial es salir del país. Ir hacia Francia sería una opción, pero allí comparten datos con España. Así que lo más factible sería viajar hacia Marruecos, aunque el viaje será largo. Podemos bajar por Portugal para evitar pasar por Andalucía. ¿Tenéis pasaporte?

Elisa abre el Megathlon y me lanza varios pasaportes. Todos perfectos, con sus sellos y sus fotos. "¿Cuál te parece más creíble?".

El siguiente paso es más sencillo, aunque puede comprometer a mis colegas. Diego y Paloma duermen como dos angelitos en su cuarto. No me resulta complicado encontrar su tarjeta de crédito y su carnet de conducir, todo bien dispuesto en el primer cajón de la cómoda. Con eso bastará para alquilar un coche sin llamar la atención. El camino hasta Marruecos será otra cosa.

Salimos de casa de Paloma en silencio. Elías me para en el descansillo, apoya su brazo en mi hombro y me acaricia la nuca con gesto fraternal. Elisa me coge la mano. "No era así como tenía que pasar. Lo que hemos compartido no tiene nada que ver con la misión".

Y en el paseo hacia el alquiler de coches, la voz de la conciencia vuelve a intentarlo. "Cuidado. Saben lo que piensas". Pero el olor de la roquiana es demasiado fuerte.

Continuará...


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