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4 may 2012
Planeta Roca VIII
De vuelta a la pensión me detengo a comprar unas birras, un OCB y unas chocolatinas en una tienda de pakis. Tras fumarme el petilla con Ahmed, el camellito, se me ha levantado un hambre atroz que andaba sepultada por las últimas emociones vividas.
Entro en la habitación. Elisa duerme en la cama y Elías teclea en su Peer dorado recostado en la cama supletoria. "Mira", me dice en voz baja. La portada de la web del Diario de Córdoba no puede ser más reconfortante: "Tragedia en Obejo. Un hombre de 73 años asesina a su mujer y a su hijo con una escopeta de caza para después poner fin a su vida". Todavía es pronto para encontrar más información, pero este primer titular ha tranquilizado a Elías, que sonríe con amplitud mientras comenta: "Qué hambre tengo".
Despertamos a Elisa, que se despereza como un felino en la copa de un árbol. Sus ojos, del color de la miel, su nariz recta y su cuerpo, moreno y terso, son un regalo para la vista. ¿Queréis que vayamos a cenar?, les propongo. "Sí, me comía un mutón salvaje", dice Elisa.
Buscamos algún lugar tranquilo. Les explico la variada gastronomía cordobesa. "Queremos salmorejo y ensalada de naranja. También unos flamenquines". Elías saca dos pastillitas del bolsillo, le da una a Elisa y se toma otra. "Es un protector estomacal. Nuestro aparato digestivo no está inmunizado como el vuestro". Lo vais a necesitar, respondo, que os tengo preparada una pequeña celebración, anuncio.
Devoramos los platos con fruición. Los roquianos comen todo con apetito, y se beben el vino con casera como si fuera agua. "He estado hablando con mi enlace", dice Elías en el postre. "124 primos han comunicado incidencias de diversa consideración. De ellos, casi todos pertenecen a tu enlace". "No entiendo cómo, pero la gente de Obejo me estaba esperando", responde Elisa. Tras un breve silencio, Elías apura el vino y dice: "Elíseo tiene que estar detrás de todo esto." ¿Quién es Elíseo?, pregunto. "Uno de los responsables de que nuestro planeta esté en peligro. Tendrá infiltrados en la nave. Ya he enviado un mensaje codificado. Espero que a estas alturas le hayan descubierto".
Elías saca un billete de 50 euros. Los observo detenidamente. La verdad es que a simple vista son idénticos a los nuestros. ¿Cómo lo habéis hecho? "Imprimiendo las copias en la nave. Los euros han sido bastante fáciles de falsificar. La marca de agua es de la época de la pre-lengua".
Regresamos a la habitación. El vino ha levantado un rubor en las mejillas de Elisa. Elías actualiza la información del periódico local. "La Guardia Civil está investigando el lugar del espantoso crimen. La matanza sucedió entre las 18.30 y las 19 horas. Extrañamente, nadie oyó nada durante esas horas". ¿La gente no recuerda nada después de haber estado paralizada?, pregunto. "Es como un sueño", responde Elisa.
Sentados en la pequeña mesa, abro una cerveza y les miro a los ojos. "¿Podéis saber lo que estoy pensando?", pregunto directamente. La risa de Elisa me desconcierta un instante. Elías, más serio, responde: "No exactamente. Tenemos muy desarrollada la intuopía. A través de la observación y del contacto, somatizamos lo que estás sintiendo y llegamos a comprenderlo."
Elías saca del Megathlon una botella oscura, opaca. "Esto es bulzo, un destilado de raíces que bebemos en la Roca. Mezclado con blue goat tiene un sabor excelente". Esto es birra, un fermentado de cebada que fresquito también tiene un sabor excelente, aunque imagino que ya lo sabíais.
Mientras brindamos, me voy haciendo un petilla. Elisa mira con curiosidad, se acerca al macuto y saca tres pastillas. "Son para el deshielo. Mañana estaremos como nuevos, porque imagino que la noche va a ser movidita". El bulzo tiene un sabor dulce, y templa el esófago en su caída. Le paso el peta a Elisa. Le da una calada honda y se traga el humo con naturalidad mientras dice: "Estamos a tu disposición. ¿Qué quieres saber?"
Continuará...
2 may 2012
Planeta Roca VII
El sol tiñe el horizonte en el camino a Córdoba. Al llegar a la ciudad, las luces de las farolas ya se han encendido. El tráfico es denso y las aceras están plagadas de gente. La fiesta de los Patios viene a mi memoria.
El cuerpo de Elisa se aferra firme pero relajado. Me tranquiliza. Tras un par de preguntas a los transeúntes no me cuesta encontrar el lugar indicado por Elías. La pensión Los Arcos se aleja un poco del centro. Su fachada encalada ofrece algunos desconchones y la puerta está abierta. Da acceso a un patio cuadrado, con una fuente de piedra en medio y cuatro pequeños jardines a cada lado. Decenas de macetas cuelgan de las blancas paredes. Pero todo está descuidado, decadente. Y la mesa de recepción, vacía. Si acaso los geranios cantan la oda a la supervivencia con algunas flores. "Se parece a la risueña", rompe el silencio Elisa.
"Buenas noches", lanza una voz. Un hombre grande, gordo y con la nariz redonda entra por la puerta con dos bolsas del Mercadona. "Estaba haciendo la compra y mi madre no les habrá oído. ¿Quieren una habitación?" Sí, respondo. Queremos una habitación triple. "Aquí las habitaciones no son muy grandes y no tengo una con tres camas individuales. ¿Les vale una de matrimonio y una supletoria?".
Sí, no hay problema. Saco el DNI y la tarjeta mientras sopeso las probabilidades de compartir cama con Elisa y mandar a su primo a la cama de mierda. "Sólo admito pagos en efectivo. Serán 60 euros la noche. Cuanto tiempo van a quedarse?" Dos noches, responde Elisa, mientras entrega 150 euros al gordo.
La habitación supera mis expectativas. Sábanas limpias, agua caliente con buena presión y papel higiénico. Y una cama de 1,20. "Luego les traigo la supletoria"
Solos en la habitación, Elisa deja el macuto, se sienta al borde de la cama y lanza un suspiro, largo, eterno, como un pedacito de alma. Te dejaré sola. Voy a dar una vuelta, le digo. Ella me mira, se levanta de la cama y se acerca. Me sonríe y me da un beso cariñoso en la mejilla. Un beso redondo, con los labios posados de lleno.
Me lavo la cara, riego al canario y salgo a la calle. Paseo alejándome del bullicio, evitando las aglomeraciones de la Fiesta. Y enciendo un piti, que actúa de encendedor de mi conciencia. "Recapitula, Mario", me dice. "Hace 24 horas estabas en casa viéndote unas series en el portátil y escribiendo tonterías en el blog y ahora estás con dos desconocidos, extraterrestres para más inri, y que han asesinado a tres personas a sangre fría. Y encima te quieres follar a una". Debes de reconocer que no se parece a Elías en nada, me defiendo. "Sí, tiene un algo que nos tiene locos", me concede.
El diálogo con mi conciencia termina con la voz de un marroquí, que me pregunta si quiero hachís. Miro hacia arriba y me doy cuenta de que estoy en el barrio de las Moreras. Tras negociar fieramente y hacerme un porro con el camello para probarlo, le compro un huevo más o menos decente. Esta noche los del Planeta Roca van a tener que someterse a mi interrogatorio.
Continuará...
El cuerpo de Elisa se aferra firme pero relajado. Me tranquiliza. Tras un par de preguntas a los transeúntes no me cuesta encontrar el lugar indicado por Elías. La pensión Los Arcos se aleja un poco del centro. Su fachada encalada ofrece algunos desconchones y la puerta está abierta. Da acceso a un patio cuadrado, con una fuente de piedra en medio y cuatro pequeños jardines a cada lado. Decenas de macetas cuelgan de las blancas paredes. Pero todo está descuidado, decadente. Y la mesa de recepción, vacía. Si acaso los geranios cantan la oda a la supervivencia con algunas flores. "Se parece a la risueña", rompe el silencio Elisa.
"Buenas noches", lanza una voz. Un hombre grande, gordo y con la nariz redonda entra por la puerta con dos bolsas del Mercadona. "Estaba haciendo la compra y mi madre no les habrá oído. ¿Quieren una habitación?" Sí, respondo. Queremos una habitación triple. "Aquí las habitaciones no son muy grandes y no tengo una con tres camas individuales. ¿Les vale una de matrimonio y una supletoria?".
Sí, no hay problema. Saco el DNI y la tarjeta mientras sopeso las probabilidades de compartir cama con Elisa y mandar a su primo a la cama de mierda. "Sólo admito pagos en efectivo. Serán 60 euros la noche. Cuanto tiempo van a quedarse?" Dos noches, responde Elisa, mientras entrega 150 euros al gordo.
La habitación supera mis expectativas. Sábanas limpias, agua caliente con buena presión y papel higiénico. Y una cama de 1,20. "Luego les traigo la supletoria"
Solos en la habitación, Elisa deja el macuto, se sienta al borde de la cama y lanza un suspiro, largo, eterno, como un pedacito de alma. Te dejaré sola. Voy a dar una vuelta, le digo. Ella me mira, se levanta de la cama y se acerca. Me sonríe y me da un beso cariñoso en la mejilla. Un beso redondo, con los labios posados de lleno.
Me lavo la cara, riego al canario y salgo a la calle. Paseo alejándome del bullicio, evitando las aglomeraciones de la Fiesta. Y enciendo un piti, que actúa de encendedor de mi conciencia. "Recapitula, Mario", me dice. "Hace 24 horas estabas en casa viéndote unas series en el portátil y escribiendo tonterías en el blog y ahora estás con dos desconocidos, extraterrestres para más inri, y que han asesinado a tres personas a sangre fría. Y encima te quieres follar a una". Debes de reconocer que no se parece a Elías en nada, me defiendo. "Sí, tiene un algo que nos tiene locos", me concede.
El diálogo con mi conciencia termina con la voz de un marroquí, que me pregunta si quiero hachís. Miro hacia arriba y me doy cuenta de que estoy en el barrio de las Moreras. Tras negociar fieramente y hacerme un porro con el camello para probarlo, le compro un huevo más o menos decente. Esta noche los del Planeta Roca van a tener que someterse a mi interrogatorio.
Continuará...
1 may 2012
Planeta Roca VI
La maniobra de Elías es rápida. Me coloca algo parecido a una pila de botón, una en cada oído, y recupero la movilidad al instante. ¿Pero qué cojones es esto?, grito. Elías me pone una mano en el hombro, y con la otra, sujeta cálido mi frente. "¿Confías en mí?", pregunta. Y a estas alturas del cuento, ¿quién diría que no?
Corremos hacia el interior de la casa. Su cuerpo derrocha urgencia. Explícame, le grito. "He lanzado una frecuencia de ultrasonidos. Con los inhibidores estamos protegidos". ¿Qué alcance tiene? "Todo Obejo está paralizado".
Al doblar la esquina, un cuerpo yace en el umbral de una puerta. Es un hombre joven, fuerte, tendido boca abajo con una bata naranja desabrochada y una escopeta de caza a su lado. Más allá, en la cama con cabecero, mi princesa Leia necesita un beso que la libere de su alarma 1. Está desnuda, y el pudor me impide mirarla fijamente.
Elías le coloca los inhibidores y Elisa se incorpora. Nuestros ojos se encuentran un instante. Al instante siguiente, se abalanza sobre el hombre tirado en el suelo, le da la vuelta y le descerraja un tiro en la cabeza con la escopeta de caza. Elías grita e intenta alcanzarla, pero no llega a tiempo.
Elisa, temblando, deja la escopeta en el suelo y recoge lentamente su ropa y su macuto. Unos vaqueros negros, un jersey verde de cuello vuelto y unas converse moradas. "Id saliendo", dice Elías. "Hay que arreglar esto".
Los protocolos se crearon para ser rotos, y hay que pensar sobre la marcha. Elías se agacha ante el cuerpo, le abrocha la bata y le arrastra con dificultad hasta el pie de la cama. Ya en el patio, miro hacia atrás y veo cómo carga con la vieja y la lleva hacia la cocina. Otro tiro suena amortiguado levemente por los azulejos de colores. Por último, sienta al viejo en medio del patio, en una mecedora algo desvencijada. Con la manga del traje del agente Romero, limpia cuidadosamente el arma y se la coloca en la mano, le mete el cañón en la boca y aprieta el gatillo.
Nos reunimos ante las grandes puertas que dan acceso al exterior. "¿Quién eres?", me interpela Elisa. Soy Mario. Tu primo vino a mi casa y hemos venido a ayudarte. Elías interrumpe. "Ya habrá tiempo para presentaciones. Tenemos que irnos de aquí."
Nos apresuramos hasta las ruinas del fracaso inmobiliario. Yo recupero mi anterior atuendo y Elías el suyo. "Bajaremos los tres en la moto y me dejaréis en el desvío de la autopista. Seguiréis vosotros y nos veremos en esta pensión de Córdoba. "Sabían que venía, me estaban esperando. Ese cabrón iba a violarme", replica Elisa. Tras unos segundos en los que puedo leer la confusión en los ojos caídos de Elías, dice: "Esto es muy extraño. No te comuniques con tu enlace en la nave".
El sonido del motor me hace volver de pronto a la realidad, sin saber cómo digerir estos instantes, surrealistas, brutales. Pero me siento extrañamente tranquilo, normalizando la situación. Dejamos a Elías en la marquesina de un autobús con destino Córdoba y nos quitamos los inhibidores. Y acelero con los brazos de la princesa rodeando mi cintura.
Continuará...
Corremos hacia el interior de la casa. Su cuerpo derrocha urgencia. Explícame, le grito. "He lanzado una frecuencia de ultrasonidos. Con los inhibidores estamos protegidos". ¿Qué alcance tiene? "Todo Obejo está paralizado".
Al doblar la esquina, un cuerpo yace en el umbral de una puerta. Es un hombre joven, fuerte, tendido boca abajo con una bata naranja desabrochada y una escopeta de caza a su lado. Más allá, en la cama con cabecero, mi princesa Leia necesita un beso que la libere de su alarma 1. Está desnuda, y el pudor me impide mirarla fijamente.
Elías le coloca los inhibidores y Elisa se incorpora. Nuestros ojos se encuentran un instante. Al instante siguiente, se abalanza sobre el hombre tirado en el suelo, le da la vuelta y le descerraja un tiro en la cabeza con la escopeta de caza. Elías grita e intenta alcanzarla, pero no llega a tiempo.
Elisa, temblando, deja la escopeta en el suelo y recoge lentamente su ropa y su macuto. Unos vaqueros negros, un jersey verde de cuello vuelto y unas converse moradas. "Id saliendo", dice Elías. "Hay que arreglar esto".
Los protocolos se crearon para ser rotos, y hay que pensar sobre la marcha. Elías se agacha ante el cuerpo, le abrocha la bata y le arrastra con dificultad hasta el pie de la cama. Ya en el patio, miro hacia atrás y veo cómo carga con la vieja y la lleva hacia la cocina. Otro tiro suena amortiguado levemente por los azulejos de colores. Por último, sienta al viejo en medio del patio, en una mecedora algo desvencijada. Con la manga del traje del agente Romero, limpia cuidadosamente el arma y se la coloca en la mano, le mete el cañón en la boca y aprieta el gatillo.
Nos reunimos ante las grandes puertas que dan acceso al exterior. "¿Quién eres?", me interpela Elisa. Soy Mario. Tu primo vino a mi casa y hemos venido a ayudarte. Elías interrumpe. "Ya habrá tiempo para presentaciones. Tenemos que irnos de aquí."
Nos apresuramos hasta las ruinas del fracaso inmobiliario. Yo recupero mi anterior atuendo y Elías el suyo. "Bajaremos los tres en la moto y me dejaréis en el desvío de la autopista. Seguiréis vosotros y nos veremos en esta pensión de Córdoba. "Sabían que venía, me estaban esperando. Ese cabrón iba a violarme", replica Elisa. Tras unos segundos en los que puedo leer la confusión en los ojos caídos de Elías, dice: "Esto es muy extraño. No te comuniques con tu enlace en la nave".
El sonido del motor me hace volver de pronto a la realidad, sin saber cómo digerir estos instantes, surrealistas, brutales. Pero me siento extrañamente tranquilo, normalizando la situación. Dejamos a Elías en la marquesina de un autobús con destino Córdoba y nos quitamos los inhibidores. Y acelero con los brazos de la princesa rodeando mi cintura.
Continuará...
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