El amanecer trae la brisa del océano. Acaricia el vello destapado y las manos levantan la sábana hasta que mece la tripa. Matemáticas. Y con su movimiento, la vigilia aparece breve, desconectando el subconsciente y lanzándonos a la mezcla, a una especie de onírica realidad.
Tras una décima de desorientación, la foto del alrededor. La luz penetra levemente a través de las ventanas, un sol que está detrás y que tardará en cegarte. Elisa duerme al lado y Tutankamon, nuevo nombre de Elías, hace justicia a su mote.
Todo bien; el sueño vuelve a acudir, quizás en otra décima de segundo, pero esta vez, en una paralela más cercana a la consciencia. Interactúas, acaso crees llegar a controlarlo. Y esas veces el despertar arrastra las algas de algo. Felicidad o miseria. En una sola décima.
El café de un bar del pueblo entra directo al corazón, como cantaría el admirado (candidato a la guillotina) Sergio Dalma. Estoy sobado y voy poco a poco viniéndome arriba. Soy como un muñeco al que le tienen que dar un poco más de cuerda. Los roquianos, en cambio, van muy sobrados. Su compostura es total. Bien sentados, buena cara, comiendo como limas. Mis ritmos son otros, y de bien nacido es ser agradecido. Tras café y piti, la llamada de la selva de un cuerpo sano acude para devolverle a la naturaleza lo consumido, transformado en residuo orgánico.
En mi "lapso", los roquianos ya han hecho averiguaciones. Nos acercamos al puerto del pueblo, donde le han comentado a Elías que hay patrones que alquilan sus barcos para hacer excursiones.
Quiero la misma pastilla que os habéis tomado esta mañana, le digo a Elisa. "No es bueno que te enganches. No sabemos si serías capaz de controlarlo". Dame una, le insisto. Antes de acabar la frase, me mete una pastilla en la boca y se da la vuelta. "Gilipollas". Os diría que seré capaz de controlarlo, pero os mentiría. Es como estar bebiendo una birra helada después de haberte dado un baño de media hora en la playa.
En el puerto somos un poco la sensación. Hemos comprado algunas cosillas para renovar el vestuario de los roquianos, y ya de paso el mío, porque cuando salí para Obejo no me imaginaba en estas lides. Parecemos los típicos turis, hasta que nos acercamos a hablar con ellos. Elías va directo al grano con un portugués perfecto. "Queremos alquilar un barco para ir a Marruecos". La peña se descojona, y uno le responde jocoso: "nadie tiene permiso. Está muy lejos, además". Los tipos se alejan, y antes de pensar en otra estrategia, un tipo joven, bastante parecido a Cristiano Ronaldo, nos dice: "¿cuánto?"."1500 euros", replica Elisa. "2500". Y ahí todos sabemos que tenemos transporte.
Cristiano nos espera sonriente en el muelle. Tiene un par de fulanos ayudándole a descargar unas cajas. Llegamos con nuestros macutos y nuestras pintas. Chapurrea el español, habla parecido al Cristiano de verdad. "Hay que ir preparados. No podremos parar. Según el viento, el viaje os podrá costar más caro o más barato. Usar el motor es caro".
Nos instalamos en el barco, que tiene unos 10 metros de eslora. Sorprende bastante por dentro. Tiene un salón de puta madre y capacidad para 6 personas en camarotes. También tiene una pequeña cocina que comunica con el salón. Elías sube rápidamente a la cubierta mientras ayudamos a Cristiano a meter las cosas en la bodega. "Tenemos que llegar a aguas marroquíes sin que nos vean. Habrá que alejarse un poco de la costa en un momento dado", nos dice. Totalmente de acuerdo, le respondo.
Ante del amancer del día siguiente, salimos con el motor de 55 CV al ralentí. El yate a vela se va alejando del puerto. Nunca había visto así a Elías, le digo a Elisa. Parece un niño. "Es un roquiano del lodo. Ésto es, como decís aquí, un cuento de hadas para él. Velas, un barco, ese chico...y este mar, tan inmenso.
Continuará...
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31 jul 2012
12 jul 2012
XIX
La rutina de los campos de trigo y de cebada, a punto para la cosecha, acompasa nuestro avance. La autopista de las vacas gordas horada la meseta en una línea de alquitrán insostenible. Los roquianos duermen, y mis sentidos navegan con el monótono sonido de las ruedas.
Cerca de la frontera con Portugal, suena el móvil. El gamonalero cumple su palabra. "Control con perros en el kilómetro 87. La pastilla es la hostia. Si volvéis por Burgos tenemos que hablar". El aviso llega justo a tiempo, y añade información valiosa. Para que luego digan que en este país faltan emprendedores.
El hito de la autopista tranquiliza mis nervios. Todavía faltan varios kilómetros para llegar al control. A mi derecha Elías yace como una momia en su sarcófago. Despierta, le digo. Ante su falta de respuesta me vuelvo más vehemente. Mi golpe en el brazo es seco y fuerte. Elías despierta al instante. Hay un control más adelante, le digo. Busca un desvío en el mapa que nos devuelva a la autovía. Sus rápidos movimientos me sorprenden. "Quizás porque tú no te habrías espabilado hasta llegar a Lisboa", susurra la hija de puta de mi conciencia.
Tomamos el desvío mientras Elisa se despereza en el asiento de atrás. Alcanzamos la autovía varios kilómetros adelante, pasado el control según las informaciones del gamonalero. El resto del camino hasta la frontera transcurre lento, pesado, como las horas que preceden un acontecimiento ansiado.
La luz de la reserva lleva encendida un rato, y el deseo de cruzar la frontera sin repostar puede dejarnos tirados en el arcén. Paramos en una gasolinera a tan solo 8 kilómetros de Portugal. Y en la rotonda que da acceso a la vía de servicio, un coche de la guardia civil nos da el alto. "Si hubieras pillado el Corsa, que es un mechero...". La conciencia vuelve a tocar los cojones. Elías lanza rápidamente el protocolo: "tomad los inhibidores". Vamos a esperar a ver qué quieren, replico. "Papeles del coche", dice el agente, con el tricornio bien empotrado entre las cejas.
Es un coche de alquiler. Aquí tiene. Su compañero pulula por la parte de atrás, le hace un gesto a su compañero y éste, tras devolverle la mirada, nos dice: "salgan del coche". Elías no lo duda. Pulsa el ultrasonido y los guardias civiles caen fulminados como dos muñecos. Antes de arrancar, Elisa sale del coche y les mete una pastilla en la boca. "Esto les mantendrá dormidos unas cuantas horas más. Lo suficiente para estar bien lejos".
Lleno el depósito con las manos temblorosas, y los kilómetros se suceden con pájaros en la nuca. Tras varias horas de tranquilidad, mis dudas vuelven a asaltar mi cabecita. "Y ahora qué", dice Elisa. Mi respuesta surge de la nada, y va reafirmándose según se exterioriza. Tenemos que llegar a la costa. Allí, con dinero, no tendremos problema para alquilar un barco que nos lleve hasta Marruecos. Interpreto el silencio como un asentimiento. Si la intuopía de los roquianos es tan fuerte como pienso, tienen que sentir mi acojone, mi falta de seguridad.
El camino hasta la costa sucede entre peajes, con el sol de poniente cegando los ojos, como una metáfora de nuestra aventura. La noche del verano recién nacido llega con retraso, pero cae poderosa ante nuestros cansados ánimos. El cartel de Praia da Tocha aparece en la cuneta, y buscamos un lugar para descansar. La señal de un camping aparece sugerente. Sin dudarlo, tomamos el desvío y alquilamos un bungalow pegado a la playa.
Tras instalarnos, Elisa me propone dar un paseo. Elías se recuesta en una de las camas e intenta conectarse a Internet con el móvil para buscar novedades. El Atlántico nos recibe agresivo al contacto, y la arena, fina y virgen, hunde nuestros pasos. Poco a poco, el agua va invadiendo templada los pies descalzos, y la mano de Elisa, cálida y complementaria, transmite calma. Sus ojos de miel susurran silenciosas palabras, me inyectan nueva rutina, y mis dudas vuelven a ser pequeñas, encerradas en las conchas que trae la marea. "Me gusta tu planeta. Vamos al agua".
Volvemos a la cabaña. ¿Por qué no nos quedamos aquí?, le susurro al salado oído. Elisa duda. Sé que contempla mi propuesta durante un instante. "No puedo. Nunca me lo perdonaría". Las sábanas se funden con los restos de arena y sal, cosquilleando los poros del cuerpo. Con miedo a soltarme de sus piernas, durante los segundos que preceden al sueño, recuerdo que en algún sitio, no muy lejos, yo también tenía una vida.
Continuará...
Cerca de la frontera con Portugal, suena el móvil. El gamonalero cumple su palabra. "Control con perros en el kilómetro 87. La pastilla es la hostia. Si volvéis por Burgos tenemos que hablar". El aviso llega justo a tiempo, y añade información valiosa. Para que luego digan que en este país faltan emprendedores.
El hito de la autopista tranquiliza mis nervios. Todavía faltan varios kilómetros para llegar al control. A mi derecha Elías yace como una momia en su sarcófago. Despierta, le digo. Ante su falta de respuesta me vuelvo más vehemente. Mi golpe en el brazo es seco y fuerte. Elías despierta al instante. Hay un control más adelante, le digo. Busca un desvío en el mapa que nos devuelva a la autovía. Sus rápidos movimientos me sorprenden. "Quizás porque tú no te habrías espabilado hasta llegar a Lisboa", susurra la hija de puta de mi conciencia.
Tomamos el desvío mientras Elisa se despereza en el asiento de atrás. Alcanzamos la autovía varios kilómetros adelante, pasado el control según las informaciones del gamonalero. El resto del camino hasta la frontera transcurre lento, pesado, como las horas que preceden un acontecimiento ansiado.
La luz de la reserva lleva encendida un rato, y el deseo de cruzar la frontera sin repostar puede dejarnos tirados en el arcén. Paramos en una gasolinera a tan solo 8 kilómetros de Portugal. Y en la rotonda que da acceso a la vía de servicio, un coche de la guardia civil nos da el alto. "Si hubieras pillado el Corsa, que es un mechero...". La conciencia vuelve a tocar los cojones. Elías lanza rápidamente el protocolo: "tomad los inhibidores". Vamos a esperar a ver qué quieren, replico. "Papeles del coche", dice el agente, con el tricornio bien empotrado entre las cejas.
Es un coche de alquiler. Aquí tiene. Su compañero pulula por la parte de atrás, le hace un gesto a su compañero y éste, tras devolverle la mirada, nos dice: "salgan del coche". Elías no lo duda. Pulsa el ultrasonido y los guardias civiles caen fulminados como dos muñecos. Antes de arrancar, Elisa sale del coche y les mete una pastilla en la boca. "Esto les mantendrá dormidos unas cuantas horas más. Lo suficiente para estar bien lejos".
Lleno el depósito con las manos temblorosas, y los kilómetros se suceden con pájaros en la nuca. Tras varias horas de tranquilidad, mis dudas vuelven a asaltar mi cabecita. "Y ahora qué", dice Elisa. Mi respuesta surge de la nada, y va reafirmándose según se exterioriza. Tenemos que llegar a la costa. Allí, con dinero, no tendremos problema para alquilar un barco que nos lleve hasta Marruecos. Interpreto el silencio como un asentimiento. Si la intuopía de los roquianos es tan fuerte como pienso, tienen que sentir mi acojone, mi falta de seguridad.
El camino hasta la costa sucede entre peajes, con el sol de poniente cegando los ojos, como una metáfora de nuestra aventura. La noche del verano recién nacido llega con retraso, pero cae poderosa ante nuestros cansados ánimos. El cartel de Praia da Tocha aparece en la cuneta, y buscamos un lugar para descansar. La señal de un camping aparece sugerente. Sin dudarlo, tomamos el desvío y alquilamos un bungalow pegado a la playa.
Tras instalarnos, Elisa me propone dar un paseo. Elías se recuesta en una de las camas e intenta conectarse a Internet con el móvil para buscar novedades. El Atlántico nos recibe agresivo al contacto, y la arena, fina y virgen, hunde nuestros pasos. Poco a poco, el agua va invadiendo templada los pies descalzos, y la mano de Elisa, cálida y complementaria, transmite calma. Sus ojos de miel susurran silenciosas palabras, me inyectan nueva rutina, y mis dudas vuelven a ser pequeñas, encerradas en las conchas que trae la marea. "Me gusta tu planeta. Vamos al agua".
Volvemos a la cabaña. ¿Por qué no nos quedamos aquí?, le susurro al salado oído. Elisa duda. Sé que contempla mi propuesta durante un instante. "No puedo. Nunca me lo perdonaría". Las sábanas se funden con los restos de arena y sal, cosquilleando los poros del cuerpo. Con miedo a soltarme de sus piernas, durante los segundos que preceden al sueño, recuerdo que en algún sitio, no muy lejos, yo también tenía una vida.
Continuará...
21 jun 2012
XVIII
Alquilar un coche un sábado a las 9 de la mañana tiene sus ventajas. El empleado de AVIS tiene un careto de resaca considerable, a lo que suma cierto empanamiento que, deduzco, viene de serie. Esta circunstancia facilita que Elisa se haga pasar por Paloma sin ningún contratiempo. Pagamos en efectivo y dejamos una fianza de 800 pavos con la tarjeta de crédito.
Cansado de conducir Opel Corsas de 1.2., me aprovecho de las lechugas de 100 euros perfectamente falsificadas (pasan el test de la máquina sin problemas) por los roquianos y pillamos un Audi que parece un avión. Metemos los macutos en el maletero y salimos del parking.
En el insomnio de la noche, mi indignada cabecita no ha parado de girar. Entre las dudas de la confesión de Elisa, he pensado en la estrategia necesaria para minimizar riesgos. Además, a estas alturas, yo también estoy pringado hasta el cuello. Me visualizo en una peli de acción. ¿Qué haría el doctor Richard Kimble? ¿Qué haría Torrente?
Vamos a prepararnos para el viaje, digo. Lo primero es lo primero. Nos detenemos en un locutorio de pakis y Elisa compra una tarjeta de prepago. Después, voy un momento a correos, meto en un sobre el carnet de conducir, la tarjeta de crédito de Paloma y ocho lechugas de la fianza y lo envío a su dirección, previamente apuntada en un papelito.
Y para acabar, una paradita en El Corte Inglés, canturreo. "¿Qué hacemos aquí?", pregunta Elías. Sin su peer dorado ni su enlace sabelotodo, por mucha arma secreta que tengan en sus megathlones, los roquianos están en mi territorio, hasta cierto punto a mi merced. Y la nueva situación me pone, para qué engañaros.
Con las pintas que llevamos, especialmente tú, si pasamos delante de un control con este cochazo nos van a parar seguro. Las apariencias lo son todo, mi querido Elías. Su gesto de asentimiento y la risa de Elisa corroboran que el speech de listillo me ha quedado de puta madre. "Pareces Samuel L. Jackson en Pulp`Fiction", barrunta mi conciencia.
Indico a Elisa la sección de mujeres y me voy con Elías directamente a Emilio Tucci. Que se metan la Fórmula Joven y el Dustin por el culo. Un tipo bajito, desgastado, con un metro amarillo roído al hombro, nos saluda con voz de ducados: "¿Les puedo ayudar en algo?". Sí, quiero un traje de verano para mí y otro para mi amigo. Escoja un par de camisas lisas para cada uno. Tras un par de intentos en los probadores, el hombrecillo asiente convencido y nos pone alfileres aquí y allá con profesionalidad. Póngase recto, joven, dice el empleado con mecánica cadencia. Elías, con su percha desgarbada, parece un vendedor de enciclopedias.
Queremos que nos prepare el traje ahora mismo, digo. "Eso no va a ser posible". Le deslizo una lechuga en el bolsillo de la americana y el hombrecillo cambia el rictus. "Vuelvan dentro de media hora". "Qué corrompibles sois los terráqueos", comenta Elías. Y todavía no has visto nada. Ya verás cuando lleguemos a Marruecos. Con varias lechugas te nombran alcalde.
Mientras el hombrecillo arregla los trajes, vamos a la sección de zapatería. Pillo unos zapatos cómodos del 40 y le pregunto a Elías su talla. "Un 45". Joder, ¡vaya peana tienes! "Los roquianos del lodazal tenemos los pies grandes y curvos. Nos ayuda a caminar por el barro". Bajamos al fin por las escaleras mecánicas. Elisa nos espera en la puerta con una blusa violeta y unos pantalones negros que ensalzan aún más sus curvas. "Es puro pecado. Que utilice tus espermatozoides como quiera", susurra mi conciencia.
Bueno, pues ya estamos preparados, digo. Solamente nos falta hacer una gestión. Arranco el Audi y me dirijo al Gamonal, donde a buen seguro podré encontrar a algún tipo dispuesto a ganarse unos euros por la tarea que voy a encomendarle. Varios chavales descansan apoyados en un Citroën Saxo tuneado. El techno a todo trapo y sus pupilas gigantescas denotan que la noche ha sido larga y que siguen de empalmada. Bajo la ventanilla y pongo voz de malote: ¿queréis ganaros una buena panojita? "Qué hay que hacer, pues", pregunta un gordo con las mejillas enrojecidas y la mandíbula castañeante. Simplemente, conducir hasta la frontera con Portugal. Si ves un control de la Guardia Civil, me haces una perdida a este número. "Sí, hombre. Como me paren a mí reviento el aparatito". "Tómate esta pastilla. Te aseguro que darás negativo", dice Elisa. "Otra rula más no me sentará mal, jajaja. ¿Y cuánto me vais a pagar por esto pues?". "300 euros", dice Elisa. "Y como nos engañes, te juro que cuando volvamos te reviento el coche, que sé donde vives".
La agresividad de Elisa tiene un efecto laxante en mi persona, aunque parece que surte el mismo en el gordaco con cara de pan. "No te preocupes. En el Gamonal tenemos palabra. ¿Dónde está el dinero?". Tras pagar la suma acordada, paramos en una cafetería para desayunar y hacer tiempo para que el gamonalero nos gane unos kilómetros. Enfilamos la carretera con dirección a Salamanca. Paramos en una gasolinera y compro un mapa de carreteras, cinco botellas de Aquarius y diez sandwiches de máquina.
Y allá vamos, con nuestro Audi, nuestros trajes y Rock FM a todo trapo. "Quiero ser más rápido que ellos, echar todo a perder, un día tras otro y un buen rato después, saber llegar a casa antes de que el sol me diga que es de día".
Continuará...
Cansado de conducir Opel Corsas de 1.2., me aprovecho de las lechugas de 100 euros perfectamente falsificadas (pasan el test de la máquina sin problemas) por los roquianos y pillamos un Audi que parece un avión. Metemos los macutos en el maletero y salimos del parking.
En el insomnio de la noche, mi indignada cabecita no ha parado de girar. Entre las dudas de la confesión de Elisa, he pensado en la estrategia necesaria para minimizar riesgos. Además, a estas alturas, yo también estoy pringado hasta el cuello. Me visualizo en una peli de acción. ¿Qué haría el doctor Richard Kimble? ¿Qué haría Torrente?
Vamos a prepararnos para el viaje, digo. Lo primero es lo primero. Nos detenemos en un locutorio de pakis y Elisa compra una tarjeta de prepago. Después, voy un momento a correos, meto en un sobre el carnet de conducir, la tarjeta de crédito de Paloma y ocho lechugas de la fianza y lo envío a su dirección, previamente apuntada en un papelito.
Y para acabar, una paradita en El Corte Inglés, canturreo. "¿Qué hacemos aquí?", pregunta Elías. Sin su peer dorado ni su enlace sabelotodo, por mucha arma secreta que tengan en sus megathlones, los roquianos están en mi territorio, hasta cierto punto a mi merced. Y la nueva situación me pone, para qué engañaros.
Con las pintas que llevamos, especialmente tú, si pasamos delante de un control con este cochazo nos van a parar seguro. Las apariencias lo son todo, mi querido Elías. Su gesto de asentimiento y la risa de Elisa corroboran que el speech de listillo me ha quedado de puta madre. "Pareces Samuel L. Jackson en Pulp`Fiction", barrunta mi conciencia.
Indico a Elisa la sección de mujeres y me voy con Elías directamente a Emilio Tucci. Que se metan la Fórmula Joven y el Dustin por el culo. Un tipo bajito, desgastado, con un metro amarillo roído al hombro, nos saluda con voz de ducados: "¿Les puedo ayudar en algo?". Sí, quiero un traje de verano para mí y otro para mi amigo. Escoja un par de camisas lisas para cada uno. Tras un par de intentos en los probadores, el hombrecillo asiente convencido y nos pone alfileres aquí y allá con profesionalidad. Póngase recto, joven, dice el empleado con mecánica cadencia. Elías, con su percha desgarbada, parece un vendedor de enciclopedias.
Queremos que nos prepare el traje ahora mismo, digo. "Eso no va a ser posible". Le deslizo una lechuga en el bolsillo de la americana y el hombrecillo cambia el rictus. "Vuelvan dentro de media hora". "Qué corrompibles sois los terráqueos", comenta Elías. Y todavía no has visto nada. Ya verás cuando lleguemos a Marruecos. Con varias lechugas te nombran alcalde.
Mientras el hombrecillo arregla los trajes, vamos a la sección de zapatería. Pillo unos zapatos cómodos del 40 y le pregunto a Elías su talla. "Un 45". Joder, ¡vaya peana tienes! "Los roquianos del lodazal tenemos los pies grandes y curvos. Nos ayuda a caminar por el barro". Bajamos al fin por las escaleras mecánicas. Elisa nos espera en la puerta con una blusa violeta y unos pantalones negros que ensalzan aún más sus curvas. "Es puro pecado. Que utilice tus espermatozoides como quiera", susurra mi conciencia.
Bueno, pues ya estamos preparados, digo. Solamente nos falta hacer una gestión. Arranco el Audi y me dirijo al Gamonal, donde a buen seguro podré encontrar a algún tipo dispuesto a ganarse unos euros por la tarea que voy a encomendarle. Varios chavales descansan apoyados en un Citroën Saxo tuneado. El techno a todo trapo y sus pupilas gigantescas denotan que la noche ha sido larga y que siguen de empalmada. Bajo la ventanilla y pongo voz de malote: ¿queréis ganaros una buena panojita? "Qué hay que hacer, pues", pregunta un gordo con las mejillas enrojecidas y la mandíbula castañeante. Simplemente, conducir hasta la frontera con Portugal. Si ves un control de la Guardia Civil, me haces una perdida a este número. "Sí, hombre. Como me paren a mí reviento el aparatito". "Tómate esta pastilla. Te aseguro que darás negativo", dice Elisa. "Otra rula más no me sentará mal, jajaja. ¿Y cuánto me vais a pagar por esto pues?". "300 euros", dice Elisa. "Y como nos engañes, te juro que cuando volvamos te reviento el coche, que sé donde vives".
La agresividad de Elisa tiene un efecto laxante en mi persona, aunque parece que surte el mismo en el gordaco con cara de pan. "No te preocupes. En el Gamonal tenemos palabra. ¿Dónde está el dinero?". Tras pagar la suma acordada, paramos en una cafetería para desayunar y hacer tiempo para que el gamonalero nos gane unos kilómetros. Enfilamos la carretera con dirección a Salamanca. Paramos en una gasolinera y compro un mapa de carreteras, cinco botellas de Aquarius y diez sandwiches de máquina.
Y allá vamos, con nuestro Audi, nuestros trajes y Rock FM a todo trapo. "Quiero ser más rápido que ellos, echar todo a perder, un día tras otro y un buen rato después, saber llegar a casa antes de que el sol me diga que es de día".
Continuará...
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