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15 feb 2011

Aprovechando el tirón

Recién vuelto del primer examen universitario después de 7 años. El derecho mercantil III que se me quedó colgado para el año siguiente se me ha venido a la memoria, y con él, las sensaciones de aquellos días: la semana de vacaciones pedida en mi curro de Londres, los horarios inhumanos de Easyjet, que obligaban a pillar un bule nocturno en Victoria Station para ir a Luton, el 442 para ir a la Universidad y ese ambiente frío de la Carlos.

Hoy todo era diferente. La presión no era la misma, pero una vez sentado delante de la hoja de examen, parece que todo fuera igual. No tenía a Levualá tirándose pedos delante mío pero un tipo de unos 50 años desprendía un tufo a sudor reconcentrado que me ha incomodado. Otra similitud era la habitual carencia pibones en clase, salvando por supuesto a nuestras bellísimas amigas.

El caso es que he vuelto a descubrirme delante de un folio en blanco, con mi cerebro intentando recordar conceptos, y no ha estado mal. Recién vuelto a casa, comeré, me echaré una siesta bien ganada y me pondré con el examen de mañana, un mamotreto de libro que me indigna porque hay más corta y pega que en un trabajo del rincón del vago.

Por cierto, una recomendación. El mundo en guerra (http://www.seriesyonkis.com/serie/un-mundo-en-guerra/) son 26 capítulos que desgranan la II Guerra Mundial con imágenes de archivo realmente impresionantes, con una narración muy bien estructurada.


14 feb 2011

¿Por qué indignarse?

Igual habría que indignarse por estas inversiones absurdas, sin contar con todas las administraciones implicadas, y no tanto por el sueldo de los políticos. Igual yo les pagaba un poco más si me demostraran su profesionalidad.

http://www.rtve.es/television/20090612/mamotretos-publicos-repor/280604.shtml

5 nov 2010

El encantador del tiempo

Desde que era consciente de su don, apenas dormía. Al principio lo había aplicado con sus más allegados, como un juego, sin ningún tipo de pretensión económica. Después, aconsejado por éstos, comenzó a anunciarse en los periódicos. Pero la oferta era tan descabellada que nadie la tomaba en serio.

Su primer cliente llegó por casualidad, cuando ya se había olvidado de su estrambótica idea. Tenía un viaje de trabajo y esperaba el avión en uno de esos incómodos asientos de la terminal del aeropuerto. El ejecutivo que esperaba a su lado quedó tan satisfecho que volvió a contactarle al día siguiente. Y de forma natural, fue contándoselo a todos sus conocidos, y el boca a oreja fue extendiéndose como las raíces de un eucalipto. A las pocas semanas, le llovían las llamadas de personas ansiosas por recibir su terapéutica ayuda.

Le costó establecer una tarifa. Le daba un poco de vergüenza cobrar por algo así, pero como había tenido que abandonar su antiguo trabajo para dedicarse a su nueva tarea, decidió fijar un precio mesurado para hacer frente a su día a día. Aunque eso fue sólo al principio. Después, recibía tantas llamadas que no daba abasto. La gente ofrecía cantidades astronómicas por unos segundos de su tiempo.

Pero pronto comenzaron los problemas. Su don fue mundialmente conocido. La prensa se hizo eco de su historia y se convirtió, muy a su disgusto, en un personaje notorio, en un perseguido. Los prebostes del mundo le hacían ofertas millonarias por su exclusividad. Y él intentaba esconderse. Cambiaba constantemente de dirección y de identidad. Un día, harto de todo, convocó al mundo entero y gritó: “abandono, nunca más volveré a utilizar mi don”. La decepción del mundo, indignado como un niño privado de un caramelo después de haberlo probado, fue tal que se sucedieron los acontecimientos a un ritmo endiablado: fue mil veces tentado, después amenazado, más tarde agredido, y, finalmente, raptado.

Desapareció como por arte de magia y nunca más se le ha visto. La gente, después de un tiempo, se fue olvidando de él. Hoy día, unos pocos le recuerdan como una especie de nuevo Mesías. La mayoría, en cambio, afirma que fue el mayor farsante de la historia.

Y yo, su raptor, confieso ahora. Todas las mañanas, cuando suena el despertador, su mano para el tiempo y me concede diez minutos más de sueño. Diez minutos que me permiten recordar mis quimeras, manejarlas a mi antojo. Porque, una vez probado, ¿serías capaz de renunciar a ello?